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Carlos Duarte: “El mar es el capital natural olvidado que sostiene nuestra economía”

En la octava edición del Encuentro de los Mares, el oceanógrafo Carlos Duarte —catedrático de Ciencias Marinas en la Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología (Arabia Saudita)— ofreció una ponencia que combinó ciencia, economía y ética ambiental. Su mensaje fue claro: la vida marina no solo es esencial para el equilibrio del planeta, sino que constituye un capital natural de valor incalculable que la humanidad ha ignorado durante siglos.
Duarte comenzó recordando que los océanos regulan el clima, proveen alimentos, generan compuestos medicinales y protegen las costas. Sin embargo, advirtió que estos servicios ecosistémicos no se reflejan en los mercados, porque la naturaleza viva carece de un valor económico reconocido. “Sabemos cuánto vale un atún muerto en la lonja de Tokio, pero no cuánto vale ese mismo atún nadando libre en el mar”, señaló.
El científico explicó que esta ceguera económica tiene raíces profundas: la teoría de los mercados del siglo XIX asumió que la naturaleza era inagotable y, por tanto, de valor cero. Esa visión, sumada a la llamada “tragedia de los comunes” —según la cual los bienes que no pertenecen a nadie tienden a ser sobreexplotados—, ha llevado a la pérdida del 55% de la abundancia de vida marina desde 1970.
Duarte subrayó que los ecosistemas costeros, como los manglares y las praderas marinas, son esenciales no solo para la biodiversidad, sino también para la protección humana. Recordó que, tras el tsunami del Índico en 2004, las zonas con manglares sufrieron menos daños y muertes, lo que impulsó programas de reforestación masiva. Además, destacó su papel como sumideros de carbono: “Una hectárea de pradera marina puede capturar hasta 17 veces más carbono que una hectárea del bosque amazónico”.
El oceanógrafo presentó la estrategia de carbono azul, que canaliza inversiones privadas hacia la conservación de ecosistemas marinos. Citó el caso del bosque de manglar de los Sundarbans, entre Bangladesh y Pakistán, donde un proyecto de restauración valorado en mil millones de dólares protege a más de 62 millones de personas. Este tipo de iniciativas, explicó, genera un flujo económico anual de 10.000 millones de dólares, marcando un cambio histórico: “Por primera vez, el sector privado invierte no en extraer del océano, sino en restaurarlo”.
Duarte también celebró la nueva legislación europea que obliga a restaurar el 20% de los ecosistemas degradados para 2030 y el 100% para 2050, extendiendo la responsabilidad ambiental al sector empresarial. “Recuperar la naturaleza ya no es solo tarea de los gobiernos, sino también de las empresas que se han beneficiado de su explotación”, afirmó.
En la parte más ilustrativa de su intervención, Duarte comparó el valor económico de los animales marinos vivos frente a los muertos. Un tiburón vivo en Costa Rica puede generar 1.200 dólares por kilo a través del ecoturismo, frente a apenas 1,5 dólares si se vende como carne. En Belice, un tiburón ballena vivo puede aportar dos millones de dólares a lo largo de su vida, mientras que muerto apenas alcanza los mil. En Palau, la observación de tiburones representa el 3% del PIB nacional.
El científico también abordó el caso de la vaquita marina, el mamífero más amenazado del planeta, con solo diez ejemplares restantes. Aunque no genera beneficios económicos directos, su conservación moviliza millones de dólares anuales. “La sociedad reconoce que perder una especie es una pérdida irreparable”, dijo. Duarte concluyó su ponencia con un llamado a redefinir la relación entre economía y naturaleza: “La vida marina tiene valor, y ese valor debe ser reconocido, protegido e integrado en nuestras decisiones económicas”.
Su mensaje resonó como una advertencia y una oportunidad: el futuro de la economía azul dependerá de que aprendamos a invertir no solo en lo que el mar nos da, sino en mantener viva la fuente misma de su riqueza.









